El Bolsón y su eterno retorno

Argentina es conocida en el mundo por su pluralidad de paisajes para contemplar. Pero el argentino que disfruta de recorrer su país sabe que hay un lugar al que hay que visitar al menos una vez en la vida.

En un territorio tan extenso, ser cordobesa y vivir en la Región Centro no significa que cualquier punto del mapa nos queda cerca, al contrario, para salir de Córdoba se necesita tiempo y planificación.

Sin embargo, ante un calor infernal de Enero azotando la ciudad, no queda otra que huirle al cemento. El verano pasado, me escapé hacia el clima frío y seco del Altiplano. Este año, la elección va en otra dirección: el Sur.

Hace tiempo quería volver a la Patagonia, siempre con la idea de ir por más de un mes. Mas, esta vez, no puedo  irme más de dos semanas, así que elijo un lugar para quedarme durante mi estancia.

Con un sol radiante, salgo desde “La Docta” hacia el sur. A través de un trayecto de casi 1.700km arrimándose al oeste y atravesando La Pampa y Neuquén, llego al Bolsón, una localidad al pie de la Cordillera de los Andes con montañas que abrazan, climas que abrigan y paisajes que impactan.

Ubicado en el extremo sudoeste de Río Negro, El Bolsón es el núcleo urbano y comercial de la denominada “Comarca Andina del Paralelo 42”. Similar en todo su paraje, la provincia rionegrina posee una geografía repleta de valles, montañas, playas y lagos. Pero, como territorio ecológico, RN puede dividirse en tres regiones bien diferenciadas: la cordillera andina, la meseta central y el litoral atlántico.

En en el interior de la zona andina y entre bosques ancianos, cimas nevadas e intensas aguas, El Bolsón acoge a 14 mil habitantes de los cuales la mayoría son inmigrantes de otras provincias y países que eligieron este lugar para vivir, crecer y criar a sus hijos. Gran parte de ellos dedica su tiempo al turismo, la agricultura o fruticultura ya que la localidad centra su actividad en el cultivo orgánico de la tierra, la producción de dulces y la cerveza artesanal.

En la ciudad se lleva a cabo la Fiesta Nacional del Lúpulo en febrero y la Feria Regional de Artesanos de diciembre a Marzo. Tres veces por semana, en la plaza central se puede saborear y disfrutar de diferentes artesanías locales de las cuales se destacan los trabajos de cerámica, lana, madera, cuero, metales, flores, dulces, verduras frescas, cuchillos y velas.

Más allá de las obras de arte que el humano pueda crear en este rincón del mundo, lo más sensacional de El Bolsón es descubrir sus alrededores en donde percibimos lo que es el sur: un paraíso azul, blanco y verde.

Este punto geográfico está rodeado de cerros pero el más importante es el Piltriquitrón. Además de ser un colosal cordón montañoso, éste es uno de los mayores atractivos turísticos en la población, ya que en el mismo se desarrollan actividades de turismo activo tales como recorridos en cuatriciclos, parapentes, recorridos en 4×4, cabalgatas, actividades de montañismo.

Aunque son los parapentistas los afortunados de deslizarse al ritmo del atardecer, ver caer la tarde desde “el Piltri” es como estar suspendido en el aire observando la cordillera cambiar de color, admirando la superposición de sus picos y viendo la natural división del valle.

La superficie de El Bolsón se encuentra separada por La Loma del Medio: hacia el este corre el Río Quemquemtreu, y al oeste el Río Azul. Este último es muy valioso para los locales ya que nació de un glaciar hace unos 13000 años y hoy corre por terrenos muy antiguos que configuran el pasado ecológico de la región. Poderoso y mágico, “El Azul” se desplaza como un camino de colores, aromas y formas maravillosas.

Bordeando el río, hay cientos de senderos, cada uno con diferentes amplitudes pero todos con el mismo rumbo: edenes de pampas verdes, flores silvestres, margaritas frescas y cipreses alineados. Admirar cada uno de sus componentes es un viaje precioso.

Los bosques patagónicos son la base de todo espectáculo natural ya que son éstos lo que revisten gran parte de su diversidad biológica. Esta enorme población de árboles trabaja majestuosamente como un ecosistema: organismos vivos interactuando y evolucionando en un ambiente dependiendo de sus características y necesidades.

Pero el bosque no es sólo para estudiarlo sino para vivirlo desde la montaña, a través de una de las experiencias más intensas para el ser humano, ya que en este lugar la naturaleza es quien (nos) controla a todas las demás especies.

La fuerza de la montaña se complementa con su orden natural en el cual el humano se sumerge y se detiene a escuchar el flujo del río o el canto de los pájaros. La montaña acaricia con su sigilosa sabiduría. En cada espacio, conviven diferentes clases de pinos que crean este microclima tan especial.

Al mirar hacia arriba, se ve como en el cielo se dibujan las siluetas de los grandes coihues, árboles gigantes de hojas verdes pequeñas que flotan en el aire antes de caer en el río. En los rastros humanos, se ven las raíces ancestrales del hombre nativo -mapuches y araucanos- cuya cosmovisión dio un valor sagrado a algunas plantas tales como el maiten, árbol divino cuya presencia envuelve a quien lo percibe.

En las nacientes del Río Azul también se presentan majestuosos alerces milenarios, maravillas de la naturaleza que la humanidad puede admirar desde hace 2000 años a.C. Una vez dentro de la cordillera todo lo que se encuentra son plantas nativas. El sotobosque que reina en el suelo después de los 900 msnm es, en gran parte, arbusto enano de hojas alargadas siempre verdes.

Si de refugios se trata, el Cajón del Azul es el más conocido, ya que es un lugar donde el río corre encajonado entre altos paredones de piedra y hay un puente de troncos para disfrutar el mirar el agua correr impetuosamente a 50 m más abajo.

Caminando unos 20 km más hay un montecito de frutales, donde se sitúa el hospedaje del glaciar Hielo Azul. Construido en 1958 por el Club Andino, es un refugio de montaña rodeado por un ecosistema boscoso que cuenta con cocina equipada, baños con duchas y gente muy amable y pura que cocina caseramente y te abraza al saludar.

En el arroyo, cada piedra es la resultante de un proceso de acomodación en este universo, cada cual parece distinta pero, en realidad, forman parte de una única red. Cada piedra, por más pequeña que sea, se relaciona y actúa en función de las otras, filtrando las energías y minerales del agua que circula por sus canales.

Tras un largo día de caminata, el crepúsculo es el paraíso final. Cada noche, con un cielo teñido de negro opaco, las estrellas fugaces bailan en una especie de fiesta astrológica que finaliza con las precipitaciones que se generan en lo alto de la montaña a la madrugada. Después del rocío, en el valle se forma una liviana humedad que se condensa en la fresca y característica bruma de cada mañana.

Al despertar, dos noticias son moneda corriente en El Bolsón: “nevó en la cordillera” o “se está incendiando la zona”. Para los lugareños, la nieve en verano es posible y los incendios, lamentablemente, comunes. Pero ellos están preparados tanto para la nieve como para el fuego. Ya que cada lugareño ama este lugar y, como es su hogar, trata de preservarlo.

Y, pese a sus lamentos por las inconsciencias humanas en relación al cuidado del medio ambiente, sus habitantes no se cansan de reiterar lo feliz que son en esta jauja. Es que este lugar tiene esa magia que te capta constantemente, ansiando, antes que te vayas, tu retorno. En verano para sumergirse en sus álgidos ríos, en otoño para ver el el retorno de las hojas al color dorado, en invierno para sentir los copos de nieve caer sobre las mejillas, en primavera para tocar el brillo y oler el aroma de las plantas recién florecidas… Cualquier estación es una buena causa para reencontrarse con la magia de El Bolsón.

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